Prevención de los trastornos depresivos en la infancia I

depresión infantilLa depresión infantil es un trastorno que hasta hace unas décadas se creía que no existía, parecía increíble pensar que un niño pudiese estar deprimido, pero sin embargo es un problema real. La depresión en cualquier edad es una patología que afecta de forma negativa a la felicidad de la persona y a su capacidad de trabajo. En los niños, el riesgo es que el trastorno se cronifique y se arrastre toda la vida, afectando a quienes la sufren y a los de su entorno.

Un aspecto importante que hay que tener en cuenta es la forma que tiene en algunos casos de manifestarse la depresión en la infancia. En muchos casos este trastorno se ve “enmascarado” por otros como son: enuresis, fobia escolar, agitación, irritabilidad, agresividad. La agresividad y las diferentes quejas somáticas como dolores de barriga, de cabeza o musculares, son síntomas propios de la depresión infantil. También puede manifestarse por un bajón importante en su rendimiento académico o una falta de apetito con la consecuente pérdida de peso o no ganancia de éste, y alteraciones del sueño.

La prevención de la depresión infantil se basa en dos aspectos importantes, por un lado se busca mejorar el entorno infantil potenciando la armonía familiar y/o modificando los estilos educativos de padres y educadores, y por otro dotar al niño de habilidades para obtener reforzamiento, para manejar el estrés y para pensar de forma racional.

Centrémonos en primer lugar en el estilo educativo adecuado. En muchos casos pensamos que la felicidad consiste huir del sufrimiento y por esto en muchos casos se intenta dar al niño todo aquello que le haga feliz, llegando a situaciones de consumo exagerado y búsqueda continua de actividades placenteras. Sólo el alimento, la educación y el cariño deben darse de esta forma incondicional, pero los juguetes, la ropa de marca, etcétera, deben ser dados según el comportamiento apropiado o no del niño. Los límites son necesarios para que el niño pueda tolerar la frustración cuando no pueda conseguir algo o algo le salga mal. El niño mimado se vuelve exigente, soporta menos las dificultades, se derrumba ante los contratiempos más insignificantes y no es feliz.

Esto no quiere decir que no podemos “premiar” a un niño, sino que este premio debe ser consecuencia de algún comportamiento adecuado, no desmesurado en su cantidad y apropiado para su edad. Además es conveniente enseñar al menor a posponer las gratificaciones y soportar las dificultades diarias de su vida. Con esto haremos que el menor sea más paciente y esté más motivado para lograr diferentes objetivos. Para que un niño sea feliz hay que privarle de sufrimientos innecesarios y conseguir que disfrute con actividades adecuadas (juegos, películas, etc.), pero también hay que enseñarle a que sea paciente, a respetar a los demás, a aguantar algunas dificultades y a afrontar los problemas.

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Autor:Fernando Azor

Psicólogo clínico y director de PsicologodeCabecera.com y de Gabinetedepsicologia.com.

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