¿Por qué se miente en las redes sociales?

Entre otras muchas cosas, las redes sociales sirven para mostrar a los demás el tipo de vida, actividades y amistades de las que supuestamente disfrutamos. La red está inundada de rostros sonrientes bailando, acudiendo a espectáculos, realizando viajes de ensueño…sin embargo no es oro todo lo que reluce. No negaremos que hay mucho de verdad en las redes, pero tras las fotos de felicidad también se puede esconder un gran sentimiento de soledad y muchas mentiras.

se miente

Para la mayoría de los internautas, cosechar un gran número de “likes” y seguidores es sinónimo de éxito. En el caso de los famosos es una forma cómoda de seguir en la cresta de la ola, además obtener unos ingresos extras; pero si nos detenemos en los desconocidos que ansían ese reconocimiento, existen otras causas de carácter más emocional.

El deseo de ser popular

Para algunas personas ser continuamente observadas, admiradas y elogiadas es una necesidad imperiosa para no sentirse solas y abandonadas por la sociedad. No es extraño encontrar perfiles en las redes donde se cuenta desde el primer café hasta el último bostezo. Todo ello con mucho detalle, cuidado e incluso adornado.

Desean exhibir cada centímetro de sus vidas, ser acompañados a cada paso del día y si es posible admirados. Pero claro, por mucho que se tenga una vida trepidante, es inevitable que haya épocas donde no exista demasiado que mostrar o todo sea tan rutinario que se convierta en aburrido si lo comentas una y otras vez. Es en ese momento cuando surge el miedo y la necesidad de mentir para seguir manteniendo el interés.

Mentir puede producir placer

Existen neurólogos que aseguran que mentir puede resultar placentero e incluso adictivo. Esto se debe a que se libera dopamina, la hormona del placer y motivación, la cual es la encargada de activar los circuitos de recompensa cerebrales. La dopamina es también la responsable de que sintamos curiosidad y motivación. Además está unida a la coordinación del movimiento, a la toma de decisiones, al aprendizaje y a la memoria, como vemos es una de las más importantes hormonas de nuestro cuerpo.

Tanto la comida, el sexo, como el reconocimiento social, puede provocar la liberación de dicha hormona que tanto nos reconforta. Por lo tanto no es extraño que en las redes sociales la mentira se convierta en un arma tanto de reconocimiento como de placer.

El internauta deseoso de reconocimiento puede relatar una anécdota jamás sucedida, pero que a él le deja en un magnífico lugar, lo que provoca la admiración e interés de los demás. En ese momento la dopamina inicia su sendero en el cuerpo del mentiroso. Y tanto el deseo de ser aceptado socialmente, como la sensación de placer, puede crear una cierta dependencia.

Exhibicionismo como modo de vida

Al hablar de exhibicionismo no nos referimos a la parafilia que padecen algunas personas. Nada que ver con mostrar las partes íntimas en público, y sentir placer al observar la cara de asombro o susto en los demás. Hablamos de un tipo de conducta en las redes sociales, de esa absoluta necesidad de mostrar las emociones o las actividades más íntimas a los demás.

Ese imperioso deseo que ciertas personas, como ya hemos comentado, sienten de ser observadas, admiradas y aprobadas hace que muestren su vida con un pueril toque bucólico e irreal. Es posible que estén donde dicen, o con quien dicen, pero no disfrutando tantísimo o siendo la estrella del lugar como pretenden dar a entender. El hecho de que reciban muchos likes, seguidores y comentarios de cariño, e incluso expresando envidia por lo que ven, les hace sentir más seguras de sí mismas y reafirmación la propia imagen. Sin embargo son sensaciones positivas ficticias, ya que en cuanto se apagan los focos, esas dulces percepciones desaparecen y se han de enfrentar a su auténtica realidad. Una realidad que evaden escondiéndose en las banales reacciones de desconocidos en la red.

El caso de la “influencer” Celia Fuentes

La bella y joven Celia parecía vivir en un mundo de ensueño de cara al exterior. Se codeaba con personalidades, viajaba con frecuencia y tenía un caché elevado, ya que las marcas habían llegado a pagarle 500€ por cada foto publicada. Sin embargo se sentía sola y vacía. Había hecho de su vida un negocio muy rentable, lo cual le pasó una factura muy alta.

Se solía hacer fotos en restaurantes de lujo con suculentos manjares, en conciertos donde disfrutaba junto con amigas de su grupo favorito o en un photocall rodeada de fotógrafos. Para atraer a las marcas y a más seguidores, todo tenía que parecer espectacular y glamouroso. Sin embargo, la mayoría de las fotos eran mentira. No probaba los suculentos manjares porque debía seguir una estricta dieta, y normalmente, cuando decía estar disfrutando de espectáculos con sus amistades permanecía sola. Simplemente le acompañaba su fotógrafo oficial que no paraba de inmortalizar su “vida perfecta”. Le obsesionaba atraer la mayor atención posible para no perder el status conseguido en las redes.

La presión pudo con ella. Celia era una mujer llena de inseguridades y se deprimía con mucha facilidad, sin embargo nunca había querido buscar ayuda profesional. Las marcas y sus seguidores reclamaban a una mujer perfecta, alegre y sin problemas, si demostraba lo contrario, podría dejar de ser una influencer importante. Eligió el camino de las apariencias y perdió. En septiembre del año pasado apareció muerta en su casa de Majadahonda. Se había suicidado.

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Autor:Susana Alba Montalbano

Guionista, escritora y redactora en GabinetedePsicologia.com

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