¿Sabe aceptar un halago? ¿Cómo se siente cuando le invitan?

¿Cuando alguien le hace un halago le incomoda?, ¿Es incapaz de dejarse invitar sin oponer resistencia? Si la respuesta a estas preguntas es afirmativa lea este artículo.

halagoGran parte de nuestra vida está orientada a buscar la felicidad. La buscamos por medio de tener nuestras necesidades cubiertas, de ganar dinero, de quedar y charlar con amigos, viajar… Creamos métodos para conseguir que el bienestar esté presente en nuestra vida. Intentamos ser honestos, cariñosos, nos esforzamos para alcanzar nuestras metas, para rendir en el trabajo, intentamos evitar ser o parecer egoístas, tacaños, prepotentes, engreídos…

A pesar de todo lo dicho, no siempre somos capaces de disfrutar de lo que anhelamos. Nuestra propia necesidad de hacer bien las cosas nos puede jugar malas pasadas. Podemos caer en la trampa de querer ser muy correctos y nada egocéntricos. Digo en la trampa porque a veces por ese temor acabamos siendo incapaces de aceptar un halago, e incluso nos incomodamos cuando los demás quieren cuidarnos y/o mimarnos. A veces ésta trampa también puede llamarse modestia.

La modestia es una cualidad que se potencia especialmente en nuestra sociedad. Hacer demasiados alardes de lo buenos que somos, puede producir rechazo y por tanto puede precipitar críticas. Por esta razón creamos maneras casi automatizadas de relacionarnos socialmente. Entre ellas hay dos en las que quiero centrar mi atención: minimizar los halagos, y querer ser muy justo a la hora de recibir invitaciones por parte de los amigos y conocidos. En sí no son comportamientos malos. El problema aparece cuando nos hace incapaces de disfrutar y le dedicamos demasiada energía a no destacar ni por exceso ni por defecto. En estos casos, se produce una paradoja: toda la vida intentando hacer bien las cosas y cuando lo conseguimos nos disculpamos y nos devaluamos ante los demás por ello.

Ser capaz de aceptar una invitación o un halago puede ser una buena forma de dejarnos querer y valorar.

halagoDefinir para nuestra vida una manera de comportarnos muy concreta, es como querer seguir una línea muy fina en la que con mucha probabilidad nos vamos a salir de ella. En estos casos el nivel de malestar puede ser muy intenso y no estar proporcionado a lo que realmente está ocurriendo. Recibir un halago es algo que debería ser relativamente cotidiano, y saber aceptarlo sin “disculparse” por haber hecho algo bien, también debería ser normal. Para muchas personas recibir el halago: “¡Que bien te sienta ese jersey!, ¿es nuevo?” produce un nivel de incomodidad que se resuelve con frases como: “buah, es de las rebajas. Me ha costado 20€”. O dicho en otras palabras, es como decir: “no es para tanto, el jersey no es tan bonito. Prefiero no hablar de mi y de cómo me queda”. Como consecuencia de este comportamiento nos puede resultar muy difícil ver cómo nos valoran los demás, seremos incapaces de disfrutar por ello, y los que nos halagan tenderán a no repetir el halago si ven que nos incomodamos. ¡NADA BUENO!

imageEn el caso de recibir invitaciones, es normal no querer excederse y que la relación no se vea marcada porque uno pague y el otro no. Pero de nuevo ser capaz de aceptar una invitación puede ser una buena forma de dejarnos querer y valorar. Además permitirlo hace que  nuestros amigos puedan demostrarnos que quieren hacer cosas para que estemos bien y nos muestran su aprecio. Curiosamente quien no acepta bien los halagos suele tener peor autoestima que lo que sí lo hacen, y suele ser quienes invitan con más frecuencia o otros. De esta forma siente que nadie se equivocará  y no le tacharán de lo que no es: un tacaño.

imageUn consejo: Durante 15 días oblíguese a aceptar todos los halagos que reciba. No los devalúe, intente agradecerlos y si es posible súmese a ellos: “a mi también me gusta este jersey…”. Le costará pero podrá comprobar que a veces las pequeñas cosas pueden ayudar o complicar mucho el día a día.

 

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Autor:Fernando Azor

Psicólogo clínico y director de Gabinetedepsicologia.com

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