Cuando hago algo, ¿Estoy haciendo realmente lo que quiero?

“Por la mañana cuando me levanto, me ducho, me visto, desayuno, hago la cama y me voy a trabajar”. Esta podría ser la rutina de muchas personas cada mañana. Al enfrentarnos a nuestras tareas diarias creamos métodos para resolverlas lo más rápida y fácilmente posible. Intentamos ser eficaces, y en función de nuestros grados de exigencia, no dejarnos pendiente ninguna tarea ya planificada. De esta manera, conseguimos entre otras cosas, reconocimiento, admiración, recompensas económicas y  la sensación de hacer bien las cosas.

Desde pequeños se nos enseña a rendir y trabajar para alcanzar mejores resultados de mayores y se sobrentiende que insistir en el cumplimiento nunca está de más, ya que la inercia del cuerpo nos lleva a huir y evitar las responsabilidades y todo aquello que genere un esfuerzo excesivo.

La verdad es que en esencia, cumplir con las normas sociales requiere tiempo e insistencia por parte de nuestros mayores durante nuestra infancia, si bien en unas ocasiones por la excesiva insistencia y otras por la tendencia innata de la persona a exigirse, se generan efectos negativos que disminuyen significativamente su calidad de vida. En cualquier caso, aceptar obligaciones ayuda a no pensar mucho en lo que se va a hacer. Si algo es obligado se dedica menos tiempo a valorar si se hace o no.

Exigirse, responsabilizarse uno mismo de los objetivos de vida, es sano y enriquecedor, nos ayuda a ser constantes, pero si por momentos empezamos a sentir ansiedad, tristeza, apatía, percepción de peligro indeterminado, será entonces cuando deberemos valorar si lo que estamos imponiéndonos es realmente  lo que queremos. Dicho de otra forma, exigirnos, presionarnos para conseguir cosas es eficaz, pero puede tener costes personales algo elevados. Es bueno que valoremos si con desear hacer algo basta para conseguirlo, o si hay que imponerse con contundencia ser puntuales, hacer las camas, acabar hoy el trabajo que pidió el jefe… Quizás no sea tan grave la consecuencia de no cumplir con la norma, frente al coste emocional que supone mantenerse siempre amenazado por no cumplir con ésta.

Por supuesto las obligaciones no son sólo hacia uno mismo, en la medida en la que necesitamos que algo sea de una determinada manera, es fácil exigir  también a los que nos rodean. Pongamos una situación hipotética, que no siendo trascendental en la vida de alguien, puede ser productora de conflicto y malestar: si debemos quedar bien con un amigo al que vamos a visitar, y debemos llevar un detalle como muestra de aprecio, si algo  impidiese comprarlo, o a quien se le encargó se le olvidó, será fácil que se genere un estado de ánimo negativo. De esta forma, se favorecerá el conflicto, y será mucho más sencillo discutir y enfrentarse. Si uno se para ante este tipo de situaciones podrá valorar que aunque es deseable llevar el detalle, la consecuencia emocional puede no ser proporcionada a la real. Quizás se pueda tener otro tipo de detalle, o no tener ninguno… en cualquier caso, cuanto más nos hayamos exigido hacer el regalo, viviremos con mayor malestar no poder hacerlo.

Por todo esto, cuando empecemos a sentirnos mal porque alguna de nuestras normas no se cumpla quizás convenga volver a la pregunta de partida: cuando hago algo, ¿estoy haciendo realmente lo que quiero?

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Autor:Fernando Azor

Psicólogo clínico y director de Gabinetedepsicologia.com

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