Estar quemado es algo que a todos nos suena familiar, en algún momento de nuestra vida una determinada circunstancia, situación o comentario puede producirnos esta sensación. Existen trabajos, por ejemplo, que facilitan especialmente estas emociones: médicos, enfermeras, profesores… El queme puede llegar a tal extremo que lo único que realmente apetezca hacer sea dejar el trabajo para poder dejar de estar mal.
Si concretamos un poco más, podemos poner como ejemplo situaciones conflictivas como: presión del jefe, cambios de horario, conflicto con los compañeros, no obtener los resultados deseados en función del esfuerzo invertido, responsabilidad de la tarea desempeñada…
Para analizar este problema adecuadamente no hay que pasar por alto las consecuencias psicológicas y físicas más directas de un estado mantenido de estrés, de malestar. Por una parte tenemos la sensación de impotencia, de tristeza, rabia y enfado, por otra, la sensación de estar acelerado, notar el corazón con mayor fuerza al latir, aumento de la sudoración, dificultad para respirar, cierta sensación de mareo, aumento de los dolores de cabeza, molestias en el estómago… Síntomas todos ellos que pueden aparecer y que indudablemente complicarán las cosas.
Para enfrentarse al malestar hay que intentar valorar su naturaleza. Para ello valdría hacerse las siguientes reflexiones: ¿La situación que estoy viviendo realmente es causa suficiente para producirme tal malestar?, o por otra parte, ¿es posible que la forma en la que yo estoy valorando la realidad produzca las emociones que estoy sintiendo?, al fin y al cabo otras personas viven la misma realidad que yo y no están quemadas.
Cuestionarse el problema de esta manera es muy realista, pero no siempre lo queremos ser tanto. En ocasiones nos es mucho más fácil y liberador acusar a la situación de causar nuestro malestar, que hacer el esfuerzo por valorar qué podemos hacer para cambiar la situación o bien valorar hasta qué punto no podemos convivir con el problema. Quizás, al fin y al cabo no sea tan buena noticia saber que podemos tener cierto control sobre las emociones porque no podremos echar la culpa a nadie.
Aprender a controlar las emociones es una tarea difícil, hace falta bastante tesón sobre todo si uno lo quiere lograr sin ayuda, pero es un hecho que puede conseguirse. Desde la psicología se intenta condensar este proceso para conseguir que en el menor tiempo posible se pueda alcanzar este fin. La solución pasa por aprender técnicas más o menos estructuradas, ponerlas en práctica y valorar día a día el grado de eficacia ante los problemas reales.
Director del centro







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