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  1. udazken
    Diciembre

    La verdad es que cuando existe este tipo de relación por cuestión circunstancial, y se va prolongando en el tiempo, cronificando, por así decirlo, cuando la convivencia por ambas partes es deseada pero no hay forma de conseguir el cambio que permita el mismo, resulta muy frustrante. Si añadimos que, a la sensación de fracaso creciente durante tanto tiempo (en nuestro caso, ya más de tres años, y con nuestros desordenes mentales -depresión mayor recurrente y trastorno de personalidad con rasgos paranoides por mi parte y esquizofrenia paranoide por la otra), la presión por parte de la familia para que abandonemos la relación, especialmente por el lado de mi familia, es todavía peor. Por mucha terapia que hagamos, lo que lima todos esos avances es ese bombardeo de desprecio y etiquetado hacia el “otro”, especialmente cuando lo llaman “enfermedad”. El entorno, muchas veces, es la peor parte y la más descontrolada y desequilibradora cuando se pretende superar las crisis de ansiedad y depresión por la necesidad de contacto físico elemental, un beso, un abrazo, una caricia, y sin tener que ocultarnos (todavía más duro pensar que no podemos tener siquiera más intimidad, a pesar de tener un hijo en común, y el que apenas disfruta de su padre). ¿Qué se puede hacer cuando, a pesar de la terapia y los refuerzos y apoyos externos, esas personas tan cercanas consiguen tocar el punto clave para desencadenar una crisis sin importarles que pueda llegar a conductas autolíticas e incluso intento de suicidio?

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